Cosmovisión
Cuando Miguel Hidalgo reunió a sus feligreses en la madrugada del 16 de septiembre de 1810, México todavía no existía. Esta tierra adolorida era aún la Nueva España.
La historia nacional ha convertido aquella madrugada en una representación de movimientos precisos: vemos a Hidalgo acercarse al campanario, tomar la cuerda y llamar al pueblo; lo escuchamos pronunciar las palabras que aprendimos en la escuela; imaginamos a la multitud contestando al unísono y a la patria apareciendo en ese instante, completa y consciente de sí misma, como si hubiera permanecido detrás de una cortina esperando a que alguien la invitara a entrar.
Nada ocurrió así. La conspiración de Querétaro había sido descubierta. Ignacio Allende y Juan Aldama llegaron a Dolores con la noticia de que el tiempo se había agotado y debían huir, ocultarse o levantarse antes de lo previsto. Hidalgo eligió lo tercero.
Lo que llamamos “el grito” no fue una ceremonia, sino una decisión tomada a deshoras. Los conspiradores liberaron a los presos, detuvieron a las autoridades españolas y llamaron a la población a las armas. Alguien hizo sonar las campanas de la parroquia. No es seguro que Hidalgo tirara personalmente de la cuerda.
Sobre las palabras pronunciadas aquella jornada hay versiones distintas. Hidalgo no llevaba un discurso escrito ni dejó una copia para los archivos. Hemos intentado reconstruir el episodio a partir de recuerdos, intereses y lealtades diferentes.
Con los años se atribuyeron al cura vivas a la religión, a la Virgen de Guadalupe, a la América e incluso a Fernando VII, el monarca depuesto. No tenemos certeza de que así haya sido. También es poco probable un “¡Viva México!” en el sentido que hoy damos a la expresión, pues “México” era el nombre de una ciudad. El país se llamaba Nueva España.
Pero lo que sí podemos reconstruir con alguna certidumbre es más sencillo y más poderoso: Hidalgo habló del fin de la opresión y de los tributos, llamó a luchar por la libertad e invitó a ese pueblo a seguirlo, aunque tampoco arrancó una marcha hacia la independencia. Entre los insurgentes coexistían agravios sociales, fidelidades religiosas, rivalidades entre criollos y peninsulares, aspiraciones políticas y esperanzas que no cabían en un mismo programa. Algunos querían autonomía; otros, independencia. Muchos querían tierras, alivio de tributos o el fin de los abusos.
La bandera que acompañó inicialmente a los insurgentes no fue la tricolor que hoy ondea en las plazas, sino la imagen de la Virgen de Guadalupe tomada en Atotonilco. El ejército que salió de Dolores tampoco era realmente un ejército, sino una columna de campesinos, trabajadores, artesanos y jinetes armados con lo que tenían a mano, unidos más por la indignación y la esperanza que por la disciplina.
Hidalgo no podía saber que en unos meses sería derrotado, capturado, degradado como sacerdote, fusilado y decapitado. No podía imaginar que su cabeza sería expuesta en una jaula en la Alhóndiga de Granaditas junto con las de Allende, Aldama y Mariano Jiménez. Mucho menos podía saber que otro sacerdote, José María Morelos, asumiría la insurrección y le daría un programa político; que también sería fusilado, que la guerra entraría en una larga etapa de resistencia y que la independencia terminaría consumándose once años después mediante una alianza que ninguno de quienes se reunieron en Dolores habría imaginado.
Aquella jornada, pues, la nación futura estaba allí en semilla, pero dispersa en posibilidades contradictorias. Esto incomoda a quienes creen ver una historia de héroes que conocen de antemano su destino, que imaginan a Hidalgo con la certeza de que fundaba México, que Morelos llevaba la Constitución bajo el brazo y que Vicente Guerrero e Iturbide se supieron predestinados al abrazo de Acatempan.
La ceremonia que presenciamos cada septiembre no reproduce lo ocurrido en Dolores, lo interpreta. La campana, la bandera, los nombres de los héroes y los vivas pronunciados desde el balcón forman parte de una liturgia construida lentamente y desde hace mucho manipulada a la conveniencia del momento y de las personas, como lo vimos el martes pasado.
Ahora bien, la grandeza de Hidalgo no disminuye si dejamos de atribuirle una clarividencia sobrenatural. Al contrario. Resulta más fácil admirar a quien avanza sabiendo que todo puede perderse que a quien simplemente cumple un destino escrito. El cura de Dolores no recibió de la historia la garantía de que su nombre sería pronunciado dos siglos después. Tomó una decisión cuando el plan había fracasado, las autoridades se acercaban y todo parecía encaminarse al desastre.
Hidalgo no salió aquella madrugada para cumplir una cita con el bronce del destino. Salió porque la conspiración había sido descubierta y el tiempo se había terminado. No vio una nación aguardándolo al pie del campanario. Vio un pueblo todavía indeciso y un camino cuya última estación nadie alcanzaba a distinguir.
Acaso ahí se encuentre el sentido más profundo de la celebración. No en repetir palabras que probablemente Hidalgo nunca pronunció, sino en recordar el instante en que un grupo de hombres y mujeres dejó de esperar condiciones favorables.
La independencia no comenzó con una certeza, sino con la desaparición de todas las certezas. México no nació cuando sus fundadores supieron exactamente qué país querían construir. Nació cuando comprendieron que ya no podían continuar viviendo en el que tenían.





