Cosmovisión
En política, la crítica es indispensable. La desinformación, no. Y esa diferencia parece diluirse cada vez más en el debate público veracruzano, donde las noticias falsas y las publicaciones sin sustento se han convertido en herramientas recurrentes para intentar desgastar a la gobernadora Rocío Nahle.
Mientras la mandataria recorre el estado inaugurando obras, entregando apoyos y encabezando actividades de gobierno, en las redes sociales y algunos espacios de opinión se multiplica una estrategia conocida: lanzar versiones sin comprobar, insinuar, sembrar dudas y dejar que la especulación haga el resto.
No es casual que durante su conferencia de prensa la gobernadora hiciera un llamado a elevar el nivel del debate político y a que los medios actúen con seriedad. Su frase fue sencilla pero contundente: si una información no está verificada, no es periodismo; es un borregazo.
Los hechos de los días siguientes parecen darle la razón.
El caso del columnista Bernardo Bellizzia Guzmán resulta ilustrativo. Compartir una imagen presuntamente editada acompañada de la frase "Real o no. Ustedes juzguen" no representa un ejercicio de libertad de expresión, sino una renuncia a la responsabilidad que implica informar. El periodista no puede delegar al público la tarea de verificar aquello que decide publicar. Esa obligación le corresponde a quien difunde la información.
Más preocupante aún es que, una vez demostrada la falsedad de la publicación —cuando quedó claro que la gobernadora desarrollaba actividades oficiales en Veracruz— no existiera una rectificación ni una disculpa pública. La credibilidad también se construye reconociendo los errores.
Algo similar ocurre con el caso de la periodista Roxana Guzmán. Antes de que las autoridades concluyan una investigación, diversas páginas y portales reprodujeron prácticamente el mismo discurso, insinuando que su privación de la libertad estaba relacionada con una supuesta investigación sobre la gobernadora. Ninguna publicación aportó pruebas, documentos o testimonios propios. Solo repitieron una versión hasta convertirla en tendencia.
Ese fenómeno tiene nombre: desinformación coordinada. Algunos lo llaman "nado sincronizado"; otros simplemente lo identifican como propaganda disfrazada de opinión.
La libertad de expresión protege el derecho a cuestionar al poder, pero no exime de la obligación de respetar los hechos. La crítica basada en evidencias fortalece la democracia; la mentira sistemática únicamente deteriora la confianza ciudadana.
Veracruz necesita un debate público serio. Uno donde las diferencias políticas se resuelvan con argumentos y no con montajes digitales; con investigaciones y no con rumores; con pruebas y no con insinuaciones.
Quienes apostaron por la desinformación durante el proceso electoral parecen insistir en la misma fórmula. Sin embargo, repetir una mentira muchas veces no la convierte en verdad. Al contrario, termina exhibiendo la pobreza de los argumentos de quienes, incapaces de debatir los resultados del gobierno, optan por fabricar narrativas para desacreditarlo.
El reto para todos —medios, comunicadores, actores políticos y ciudadanía— es elevar el nivel de la conversación pública. Porque cuando el debate se construye sobre borregazos, pierde la democracia. Y cuando prevalece la responsabilidad informativa, gana Veracruz.