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XALAPA, Ver., 21 de octubre de 2026.- Una canción aprendida en la infancia, una prueba de actuación y el recuerdo de una abuela que nunca habló español. Lo que parecía una ocurrencia espontánea terminó convirtiéndose en un momento decisivo para José Valentín, actor originario de San Juan Volador, comunidad del municipio de Pajapan, al sur de Veracruz.
Durante el casting de Tonantzin Guadalupe, documental dirigido por el cineasta mexicano Jesús Muñoz, Valentín interpretó en náhuatl La Guadalupana, una canción que había aprendido de su abuela. Aquel gesto llamó la atención del director y contribuyó a que el joven actor consiguiera un papel protagónico en la producción.
La escena no surgió de una estrategia calculada, sino de una memoria íntima que conectaba su identidad, su lengua materna y su historia familiar. Con esa interpretación, una parte de su infancia encontró lugar en el cine.
Pero el camino de José Valentín hacia las producciones cinematográficas y las plataformas internacionales comenzó mucho antes, en una comunidad rural donde los libros, los juguetes improvisados y las primeras experiencias teatrales alimentaron una vocación que tardaría años en encontrar su rumbo.
Su primer acercamiento a la creación artística ocurrió en la biblioteca escolar de una primaria rural. Cada semana, los alumnos podían llevar un libro a casa, y hubo uno que capturó especialmente la atención de José: un ejemplar dedicado a las marionetas, que explicaba su funcionamiento e incluía instrucciones para construirlas.
Con carrizo y hilo de pescar de su padre, el niño fabricó su propia marioneta. Sin grandes recursos, pero con imaginación, comenzó a descubrir las posibilidades de dar vida a personajes y contar historias.
Años después, al llegar al sexto grado de primaria —el último nivel educativo disponible en su comunidad—, un profesor propuso montar una obra de teatro. Valentín encontró entonces una nueva manera de explorar su creatividad: convirtió una sábana de su madre en el vestuario de un rey y se involucró en la preparación de la puesta en escena.
El teatro adquirió una dimensión más formal durante el bachillerato, cuando otro maestro organizó un grupo y comenzó a trabajar con los estudiantes mediante ejercicios físicos, ensayos rigurosos y presentaciones.
Hasta entonces, sus principales referentes de actuación habían sido las telenovelas que veía por televisión abierta. Descubrir que interpretar un personaje también exigía entrenamiento, disciplina y preparación física amplió su visión del oficio.
Aunque por recomendación familiar estudió Administración Turística, bajo la idea de que necesitaba una profesión que le garantizara el sustento, su interés por la actuación permaneció.
Una emergencia médica y un prolongado periodo de convalecencia marcaron un punto de inflexión. La experiencia lo llevó a tomar una decisión que cambiaría su trayectoria: dedicarse al arte.
Se formó en el Centro Morelense de las Artes y posteriormente se trasladó a la Ciudad de México. En 2016 comenzó a buscar oportunidades en una industria en la que, como tantos aspirantes, tenía más entusiasmo que contactos.
La llegada de la pandemia de COVID-19 complicó todavía más la búsqueda de trabajo. Sin embargo, un taller virtual de actuación frente a cámara y la insistencia de Valentín en enviar materiales a responsables de casting terminaron por acercarlo a una oportunidad decisiva.
La convocatoria para Tonantzin Guadalupe exigió varios días de preparación. Ser hablante de náhuatl no significaba conocer todas las expresiones antiguas del guion, por lo que tuvo que estudiar sus intervenciones tanto en esa lengua como en español.
Durante la prueba ocurrió algo que no estaba previsto. Valentín cantó La Guadalupana, canción que había aprendido de su abuela, quien hablaba únicamente náhuatl.
La interpretación le provocó cierta vergüenza, recuerda, pero pudo más su determinación. Lo que para él representaba un recuerdo familiar se convirtió en un elemento que llamó la atención del equipo de producción.
El director le pidió interpretar las líneas de su personaje como si estuviera traduciendo para Hernán Cortés. El ejercicio lo obligó a conectar con la memoria de su lengua y, al mismo tiempo, a confrontar la dimensión histórica del relato.
La experiencia consolidó su participación en la película y le permitió llevar a la pantalla una parte de su identidad cultural.
Después de aquella experiencia llegó otra oportunidad: participar en Temporada de Huracanes, película dirigida por Elisa Miller y basada en la novela homónima de la escritora veracruzana Fernanda Melchor.
En esta producción, Valentín interpretó a Gatarrata. Para construir el personaje, recurrió no solo a sus herramientas actorales, sino también a la observación de las formas de convivencia, el humor veracruzano, el doble sentido y las expresiones cotidianas de su entorno.
“Para mí esto representó mucha reivindicación y conexión con lo que soy”, explica sobre el significado de su experiencia cinematográfica.
Ambas producciones le permitieron reconocer el valor de sus raíces, pero también la importancia de prepararse para asumir personajes distintos y evitar que su origen se convierta en una etiqueta profesional.
Para Valentín, el reto consiste en no quedar encasillado como el actor mexicano de origen humilde que habla náhuatl. La respuesta, considera, está en la formación continua, la actualización y una herramienta indispensable para cualquier intérprete: observar la vida y sus múltiples historias.
Al terminar las filmaciones, José Valentín decidió asistir al Festival Internacional de Cine de Morelia. No lo hizo como integrante de una producción, sino como un espectador que pagó el viaje y las entradas con sus propios ahorros.
Durante su visita recorrió las calles de la capital michoacana y buscó acercarse a las alfombras rojas. Desde fuera, observaba el movimiento de la industria cinematográfica y se imaginaba participando algún día en aquel espacio.
“Ojalá que algún día la vida me permita estar ahí”, recuerda haber pensado.
Al año siguiente regresó, pero esta vez en circunstancias distintas: formaba parte de Temporada de Huracanes, película que se presentó en el festival.
Aquello significó mucho más que cumplir un deseo personal. La experiencia le permitió mostrar su trabajo, establecer contactos profesionales y acercarse a quienes participan en la toma de decisiones dentro de la industria.
El festival se convirtió así en un punto de encuentro entre su trayectoria y nuevas posibilidades de representación y promoción profesional.
Su recorrido también lo llevó a participar en Colisión, una telenovela producida por Telemundo Studios para HBO Max, en la que interpreta a un minero.
El proyecto representa una especie de regreso a sus primeros referentes actorales: aquellas telenovelas que veía durante su infancia, sin imaginar que algún día formaría parte de una producción de ese tipo.
La historia cierra un círculo, pero también abre otro. El niño que descubrió el poder de contar historias a través de una marioneta de carrizo encontró en la actuación una forma de convertir sus recuerdos y experiencias en personajes capaces de llegar a públicos diversos.
La trayectoria de José Valentín pone de relieve una realidad que con frecuencia queda fuera de las narrativas sobre el éxito artístico: el talento puede surgir en comunidades con acceso limitado a la formación especializada y a las oportunidades profesionales.
En su caso, la lectura, los primeros ejercicios teatrales, la lengua aprendida en casa y las experiencias compartidas con su familia se convirtieron en herramientas que acompañaron su desarrollo como actor.
Su historia también muestra que hablar una lengua originaria no es únicamente una característica personal. Puede ser una vía para recuperar memorias, contar otras versiones de la historia y enriquecer las narrativas que llegan al cine.
Desde San Juan Volador, en el sur de Veracruz, hasta las producciones cinematográficas y las plataformas internacionales, José Valentín ha construido un camino marcado por la preparación, la persistencia y la conexión con sus raíces.
Quizá el mayor alcance de su historia no esté solamente en los papeles que ha interpretado, sino en lo que su trayectoria puede representar para las niñas y los niños de comunidades rurales e indígenas: la posibilidad de imaginar otros horizontes sin tener que renunciar a la lengua, la memoria ni al lugar del que vienen.