
Teresa Gil/Libros de ayer y hoy
Las señales de resignación del Gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo ante lo que parece ser la aplicación parcial o general de aranceles a México como castigo por la estructura del crimen organizado en México que en Washington dicen que es un asunto en que el Estado mexicano tiene corresponsabilidad están precediendo el clima de relaciones bilaterales de hoy al martes 2 de abril.
Trump y Sheinbaum Pardo están redefiniendo el modelo de relaciones en medio de dos problemas:
De un lado, la seguridad nacional de México depende y está articulada a la seguridad nacional de Estados Unidos, solo que en Washington no entienden que México necesita una capacidad de gestión de autonomía relativa por la diferenciación de doctrinas geopolíticas: EU es un imperio dominante mundial y México es un país determinado por el nacionalismo.
De otro lado, las dos naciones están imbricadas, trenzadas, articuladas en una dependencia de integración de plantas productivas y mercados de consumo. Mientras México está determinado por el neoliberalismo de Salinas de Gortari a Peña Nieto y luego con el posneoliberalismo neoliberal –valga el juego de palabras– de López Obrador y Sheinbaum Pardo, México ha carecido desde 1993 de un modelo de desarrollo nacional en el contexto del Tratado comercial de Norteamérica.
Los estrategas de Palacio Nacional estarían cometiendo un error político de enorme magnitud: como se ha planteado aquí con el Plan X del Gobierno mexicano y el Plan T de la Casa Blanca, las decisiones del presidente Trump no representan un balazo en el pie de la economía estadounidense porque las restricciones al Tratado trilateral están siendo ocupadas por una nueva política económica nacional de Estados Unidos que está pasando –y es hora que ya lo entiendan– por el agotamiento de la globalización de mercados y el regreso a la economía nacional. En los hechos –y también ya es hora de que lo entiendan– Estados Unidos está haciendo añicos el modelo de globalización del Tratado y en México y Canadá siguen esperando que Trump entre en razón y atienda los intereses de esos países.
Hasta ahora México está más preocupado por tratar de evitar inútilmente que Trump siga tomando decisiones de reconstrucción de su economía nacional y ha dejado del lado la relación estratégica en materia de seguridad nacional que representa la economía de mercado para Estados Unidos y la estabilidad social y política de México con el tratado globalizador como piedra atada al cuello.
Estados Unidos y México tienen enfoques de seguridad nacional diferentes, como lo dejó muy claro en la mañana era del martes el fiscal general de la República, Alejandro Gertz Manero, al referirse a las diferentes conceptualizaciones jurídicas del terrorismo entre las dos naciones. Y allí es donde ha faltado esfuerzo de racionalización en México sobre estos conceptos de seguridad nacional y ha habido un exceso de desdén estadounidense para tratar de explicarle a México los enfoques de seguridad nacional americanos que determinan decisiones de poder de la Casa Blanca.
Rumbo a los narcoaranceles, está quedando muy claro que Estados Unidos quiere un compromiso concreto del Gobierno de México para desmantelar y destruir la infraestructura productiva, comercial y humana del narcotráfico en México que está operando para contrabandear fentanilo y otras drogas que los adictos estadounidenses necesitan para consumo cotidiano.
Estados Unidos ha dado ya pasos muy concretos para instalar desde hace poco un paraguas de seguridad nacional contra el narcotráfico sobre México: aviones y barcos espías, activismo de la CIA dentro de territorio mexicano, funcionarios de primer nivel con instrucciones directas de seguir presionando al gobierno mexicano para que entregue narcotraficantes y narcopolíticos, un embajador como Procónsul y un cerco militar para establecer un verdadero bloqueo marítimo tipo Cuba para impedir los transportes acuáticos del narcotráfico.
La doctrina de seguridad nacional mexicana basada en el nacionalismo histórico y de resistencia ante el acoso y el expansionismo estadounidense necesita ampliar el obturador para buscar entendimientos que incluyan las preocupaciones de Estados Unidos, toda vez que en la frontera mexicana de 3,200 kilómetros es la línea roja número 1 de la soberanía de seguridad nacional de Washington. Este razonamiento puede no gustar en México, pero representa el contenido de la seguridad nacional que está enarbolando hoy Trump.
Aunque son labores no públicas, los enfoques de seguridad nacional de México vis a vis los de Estados Unidos determinan los márgenes de nacionalismo y soberanía.
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Política para dummies: la política funciona respecto al otro.
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