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Foto: Livia Díaz

Préstamo de niños por botellas de aguardiente en sierra de Veracruz

Livia Díaz
 
| 07 de Enero de 2014 | 13:24
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XALAPA, Ver., 7 de enero de 2014.- El nuevo siglo llegó con términos como derechos humanos, derechos de los niños, igualdad y un sinnúmero de conceptos que hacen parecer que la sociedad es más compleja, equitativa y consciente de lo que se debe hacer. Sin embargo, hay a lo largo del país conductas que no sólo son esporádicas sino que son un práctica considerada como una tradición arraigada entre la población. Veracruz no es la excepción.

La venta o incluso renta de menores es una práctica habitual entre pobladores hablantes de náhuatl y tének.

“Un topo”, que es una botella de agua mineral “Topochico” llena de aguardiente, vale menos que una botella de agua purificada, pero más que la libertad de una mujer o la de sus hijos.

En Tantoyuca, está el caso de un menor al que vendieron por una de estas botellas, en ese tiempo una doctora de la zona informó que un hombre le prestó a uno de sus hijos durante tres días a cambio de una botella de aguardiente. Todo tan normal como cambiar frijoles por tortillas.

En la huasteca veracruzana hay varones que ven esta práctica más allá de obtener licor pues los matrimonios simultáneos con varias mujeres es algo de todos los días a fin de obtener apoyos de programas federales como los otorgados por la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol).

Préstamo de hijos

Durante los últimos años el Registro Civil de la zona reportó un aumento en los registros de nacimientos por parte de menores de edad al pasar del 25 al 40%, lo que puede ser el indicio de que tener hijos y venderlos, prestarlos o intercambiarlos resulta más provechoso que cuidar de ellos.

Desafortunadamente estas prácticas ocurren también en otras comunidades vecinas con población téenek y nahua como Benito Juárez, Chicontepec, Platón Sánchez, Chalma, Chiconamel y parte de Ixcatepec.

El préstamo de hijos es tan habitual que existe el caso de una reportera que estuvo “prestada” varios años a casas en las que sirvió de criada, sin pago, sometida a sus patrones, y a cambio de tener un techo para vivir ella y su familia.

Su mamá la vendió a buen precio. “Sabe vender muy bien, ella pidió 500 pesos y varias cajas de refresco, sólo le dijo mañana te tienes que presentar en la iglesia”.

Durante años sirvió a esa casa pero tras terminar el préstamo, la joven no regresó con su familia sino que ese mismo día la “prestaron” a un soldado de 29 años. Ella tenía apenas 11 años.

La llevó a su choza y le dijo “aquí está tu cocina y hazme de comer”. Así comenzó su vida de casada. Con el soldado engendraron 5 hijos y este la abandonó.

La población rural se asocia en comunidades que existen en terrenos que cede o el ejido o los bienes comunales, hay también algunos lugares en donde la comparten a partir del condueñazgo que es cuando la tierra es privada, no comunitaria, pero siguen compartiendo el sistema de la comunidad y crean dentro de su propio territorio un “pueblo.”

En la Congregación Tecomate había una cisterna que construyeron entre todos y en donde el ayuntamiento vaciaba de vez en cuando una pipa para dotarlos de agua, a la que no tenían acceso los hijos no queridos de la familia y que tenían que bajar a los arroyos o buscar manantiales para su abasto. En esa forma fue visible que al interior de la comunidad hay niveles, la sociedad indígena distingue a sus bien casados de los que no, y a veces les permite a los varones tener a varias mujeres.

La poligamia en la huasteca

El procurador indígena en Tantoyuca, José Revueltas Castillo, conoció el caso de la convivencia entre cuatro esposas de un solo varón, con sus hijos en la misma choza.

La casa huasteca de tierra y otates (bambú) con techo de palma se tuvo que dividir luego de que el señor rechazó a una esposa y trajo a otra, con lo que dejó desprotegidos a los hijos de la mujer rechazada. Después hubo un arreglo para que la dejara vivir en la misma casa pero tras un litigio logró una pensión para sus hijos aunque al no ser suficiente, la mujer aceptó la convivencia con las otras tres mujeres y a quien llama su marido para tener dónde vivir.

A decir de la presidenta de la asociación de Mujeres por un Desarrollo Social (MADES), Celia de Jesús Hernández, la crisis económica en la que viven en la zona de la huasteca genera que estas prácticas sigan ocurriendo pues de lo contrario obligan a los hombres y mujeres a migrar del lugar.

“Comienzan viajando y pronto se van asentando en su lugar de trabajo, los que van de jornaleros a los campos de Sinaloa y otros lugares, a veces vuelven en un cajón de madera”, apuntó.