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XALAPA, Ver., 20 de abril de 2015.- El paso de migrantes centroamericanos desde la frontera sur de México hacia los Estados Unidos por el estado de Veracruz, al menos en el primer cuatrimestre del año, ha disminuido considerablemente.
Los viajes desde Chiapas y Tabasco, colindantes con Guatemala y Belice, vía autobuses de pasajeros o de carga, o el tren de carga a Veracruz, La Bestia, de las empresas Ferrosur y Kansas City Group, las cuales están demandadas penalmente incluso por el Gobierno del Estado, son un foco rojo por todos los riesgos y delitos de diverso orden a los que están expuestos desde esos puntos, hasta la ruta Veracruz.
Ahora se lanzan inclusive en travesías por mar para evadir la ruta del centro, a bordo de lanchas desde la Barra de Tonalá, Chiapas, en la comunidad de Paredón, agencia de Tonalá, y son trasladados hasta las pesquerías Conchalito y Bernal Díaz del Castillo, con el fin de saltar la vigilancia y a los asaltantes.
Las cifras de los viajeros procedentes principalmente de Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua fluctúan, en esto que se convirtió en una industria del crimen organizado y desorganizado, parejo.
La Comisión Nacional de los Derechos Humanos señala:
“Según la Subsecretaría de Población, Migración y Asuntos Religiosos de la Secretaría de Gobernación (Segob), al año ingresan a México aproximadamente 150 mil migrantes indocumentados, la mayoría provenientes de Centroamérica. De acuerdo con organismos de la sociedad civil,esta cifra asciende a 400 mil”.
La Washington Office on Latin America (WOLA), en su informe “La otra frontera de México”, estima también en más de 150 mil los expulsados de esa naciones vecinas, por razones de sobra conocidas: la mezcla explosiva de pobreza extrema e inseguridad lacerantes.
Al decidir abandonar sus lugares de origen, alentados incluso por familiares o amigos ya residentes de una u otra forma en Estados Unidos, saben que no es suficiente.
Llegar a como dé lugar tiene otras implicaciones: cruzar el territorio mexicano.
La misma WOLA advierte: “La impresionante frecuencia de los secuestros, las extorsiones, la trata de personas, las violaciones y homicidios pone la difícil situación de los migrantes centroamericanos en México arriba de la lista de las peores emergencias humanitarias del hemisferio occidental”.
Se documenta que en 2010 hubo 233 casos de secuestros, que involucraron a 11 mil 333 indocumentados. Las cifras de denuncias no han variado en los últimos dos años.
La matanza de San Fernando, también en 2010, obligó a las autoridades a poner mayor atención a estos problemas que afectan la imagen del país en el exterior y fue así que hay nuevas disposiciones legales, con la Ley de Migración de 2011, que da al Instituto Nacional de Migración las atenciones a estos grupos.
Aun así, jóvenes y adultos, niños en menor medida, se lanzan a cumplir su objetivo: buscan travesías más largas, no exentas de peligros, por todo el Pacífico, lo que implica caminar largos tramos, cruzar montañas, hasta conseguir “polleros” que los embarquen en todo tipo de unidades ahora por el lado del océano Pacífico: Chiapas, Oaxaca, Guerrero, Michoacán, hasta Jalisco, Nayarit, Sinaloa, Sonora.
Mientras que por la zona Golfo la piensan no dos, sino hasta tres veces, y de Tamaulipas no quieren saber nada de nada.
Las razones son de sobra conocidas y documentadas: viajar desde las rutas tradicionales de Chiapas y Tabasco fronterizas con Guatemala y Belice, luego hacia Veracruz, para de ahí salir hacia los destinos fronterizos del lado del Golfo, centro o del Pacífico, se han vuelto, por decir lo menos, de muy alto riesgo.
El periplo en tren, autobús, camiones de carga y otras unidades inicia desde los municipios chiapanecos de Tapachula y Arriaga; Ixtepec y Juchitán, Oaxaca; Coatzacoalcos, Medias Aguas, Cosamaloapan, Tres Valles, Tierra Blanca, Córdoba, Fortín y Orizaba y Veracruz, ha dejado resultados en lo que se refiere a derechos humanos de complejidad inaudita.
Además de los referidos delitos a los que están expuestos desde la frontera sur por parte de pandilleros, extorsionadores, secuestradores, tratantes o entre ellos mismos, los centroamericanos topan con las autoridades del Instituto Nacional de Migración (INM), que tan sólo el año anterior desde Veracruz regresaron a 20 mil de ellos desde las estaciones, principalmente la de Acayucan.
José Tomás Carrillo Sánchez, delegado en Veracruz del INM, informó que el año pasado se dieron alrededor de 20 mil retornos asistidos.
A su vez Claudia Ramón Perea, directora de Atención al Migrantes del estado de Veracruz, ratificó que ha bajado el paso de migrantes con destino al vecino país del norte, en un 90 ciento, esto a raíz de que se prohibió se subieran a “La Bestia”, aunque desde luego, la gente busca otros medios para trasladarse hacia donde pretenden llegar.
Otro testimonio de esta disminución es la del sacerdote de la iglesia Cristo Rey, Gelasio Pulido Alarcón, de Veracruz, quien consideró que uno de los factores por lo que se redujo el tránsito de los migrantes lo representa el operativa federal Frontera Sur, de contención que incluye prohibir a Ferrosur y Kansas City Group subir a los indocumentados.
De 400 migrantes que pasaban cada tercer día por Tres Valles y Tierra Blanca, ahora reciben a 40, asistidos por 14 parroquias de la región.
La situación actual no es garantía de que no se vuelva a incrementar el flujo de los indocumentados por territorio mexicano.
Los operativos de las autoridades en el Programa Frontera Sur, anunciado por el presidente Enrique Peña Nieto en julio del año anterior, con la finalidad de brindar seguridad a los viajeros, han desalentado el paso por la llamada vía veracruzana.
Incluso nueve obispos rechazaron ese plan pues “frena el paso de migrantes en su camino a Estados Unidos y aseguraron que sólo ha provocado la dispersión del tránsito de indocumentados de Centroamérica.
Óscar Armando Campos, obispo de Tehuantepec, dijo que ahora “vemos que solamente se han dispersado los migrantes, el flujo de migrantes continúa, no ya en La Bestia, pero sí ahora buscando otros caminos.
Solamente que la necesidad o la legitima ambición de cambio empuja a decisiones que no son un espejismo, es el “sueño americano” que asumen hombres y cada vez más mujeres de las naciones aún marginadas de los frutos de la globalización y la seguridad, a veces a costa de sus propias vidas.